martes, 17 de julio de 2007


Según Freud, la humanidad ha sufrido tres grandes heridas narcisistas como especie.
La primera fue al descubrir con Copérnico que la Tierra no era el centro del Universo, desvirtuando la creencia de ser el sol quien giraba a su alrededor.
La segunda herida la provocó Darwin al afirmar que el hombre estaba emparentado con los simios.
Y la tercera gran decepción, sobre la que Freud atrajo particularmente la atención, fue descubrir que en realidad, no somos dueños de nuestros actos y que el inconsciente, ese extraño desconocido, nos gobierna.
Parodiando estos tres dolores, y desde la idea singular, pero pretenciosamente absoluta de ser una mamá, idea voraz y totalizadora si las hay, podemos sentirnos tan grandes como toda una especie, y tan vulnerables como esta humanidad lastimada de Freud.
La vida de nuestros hijos, en cada gesto de autonomía puede lastimarnos. Sin embargo, portar luego esas cicatrices puede ser uno de nuestros réditos más saludables.
Heridas narcisistas de madres, más modestas en términos de especie, pero dolorosas y conmocionantes.
Hay un momento único en la vida de una mamá embarazada, en donde íntimamente tomamos estricto registro de ese cuerpo ajeno, de ese Otro que depende aún, pero que es una clara expectativa de ser autónomo dentro de nuestra panza. Un cuerpecito ajeno, para su aceptación o para su rechazo, pero Otro. Y la omnipotencia de nuestro ser madre acusa el primer golpe.
El tiempo seguirá entre pañales y sopas, y habrá un día, uno en particular, donde después de hilvanar de a poco letras y palabras, ese hijo nuestro habrá aprendido a hablar, o a leer, y será, más allá de la satisfacción y el orgullo, otra herida para esa madre con mayúsculas. Su palabra de madre ya no será absoluta, podrá ser cotejada con la palabra de otro, podrá ser cuestionada o enriquecida y el hijo tendrá autonomía para buscar otras palabras. El mundo empezará a abrirse para él, más allá de lo que su madre, hasta ayer omnisciente, diga.
Seguirá creciendo, más o menos dependiente o independiente, y la tercer herida nos aguardará agazapada: el relato del primer beso o el primer amor será suficiente para cuestionar lo absoluto y único del amor materno. Habrá otro amor, y nuestro hijo estará dispuesto para él...Y nosotras, madres querendonas si las hay, sentiremos dolidas y en silencio que ya no seremos omnipresentes en su vida...
Pero como de cada herida siempre se sale fortalecido, no hay dudas que, maltrechas y todo, ni tan omnipotentes, ni tan omniscientes ni tan omnipresentes, seguiremos siendo como mamás, las mejores...

3 comentarios:

Silvia dijo...

Me senti identificada en estos raros dolores de mamá. un beso, te quiero mucho.

Luminicus dijo...

Es cierto todo esto que escribis,creo que ya me lo habias mandado por mail, pero aún hoy me llega muchisimo.
Un beso grande

Anónimo dijo...

como cada vez que te leo, me dejas un nudo en la garganta., me cuestiono por que? y no me respondo con un único motivo. Captás esencias, centros íntimos, verdades que a nadie como vos le salen transcribirlos. dale!, seguí sacando!besos